El mundo ya no mide los 40 mil km
que por meses le tardó a Magallanes
circunnavegar, el mundo no es ni polo sur, ni polo norte, ni el frío siberiano
ni el calor sahariano…hoy el mundo es uno sólo y se llama globalización.
A las 11pm del 9 de noviembre de
1989, el muro de Berlín, símbolo de la guerra fría y refugio del comunismo agonizante
cayó. Aparentemente esta venida abajo sólo significó sumado a los escombros de
concreto la apertura de oriente con occidente y el adiós a un símbolo que
enfrascó la arbitrariedad de un régimen que se venía a menos, la fórmula
marxista de la URSS llegaba a su fin.
Hasta ese momento, el capitalismo
libraba solapadamente una guerra con el régimen socialista soviético, luego de
1990 el capitalismo como lobo aparece en el panorama mundial, sin la Cortina de
Hierro de por medio, la expansión neoliberal era inevitable. Un nuevo proceso
llamado Globalización se abría paso en el mundo y su promotor, el Capitalismo,
andaba con él de la mano.
El sistema capitalista es
esencialmente globalizador, desde la conquista de América y el apogeo
colonialista siempre ha mostrado esa necesidad de conquistar mercados, es decir
necesita expandirse, es decir necesita globalizarse. Remitirnos a una fuente
como Fukuyama en este contexto es imprescindible, El fin de la historia y el
último hombre (1992) declara el fin de la historia, la lucha de ideologías ha
terminado y como consecuencia tenemos un pensamiento, que es el capitalista con
el laissez faire (dejar hacer), laissez passer (dejar pasar), reconocido
en términos Hegelianos por el otro, por el socialismo ya derrotado.
El capitalismo con todo lo que
incluye, con el libre mercado y sus políticas de expansión se esparce a oriente
y los demás países olvidados tras la sombra socialista. El consenso de
Washington, el programa de reformas económicas originalmente pensado para los países
de América Latina, adquiere carácter universal promoviendo la liberalización
del comercio internacional, eso incluye la disminución de barreras aduaneras
entre los países, lo que a largo plazo da origen a los acuerdos de promoción
comercial más conocidos como TLC (Tratados de Libre Comercio).
El libre mercado simplemente es
la no intervención del estado en la economía y relaciones comerciales, el
Estado es asumido como un elemento distorsionador de los procesos económicos,
es el libre mercado per se el que
establece su dinámica y obtiene su equilibrio. Hoy vemos la unión de estados en
bloques, bloques político-económicos que buscan mejorar competitivamente sus
oportunidades de progreso, lo deseado es el bienestar, pero es una búsqueda
egoísta tras el proceso del libre mercado. Adam Smith, padre del liberalismo económico,
en el siglo XVIII, explicó este fenómeno en su libro Las Riquezas de las
Naciones; la competencia es la base de este proceso “egoísta”; el célebre caso
del carnicero que constantemente mejora su mercancía puesto que cercano a él
existe otro carnicero que también oferta su carne en similares condiciones,
aquí la muerte del negocio de cualquiera de ellos será sembrada por el egoísmo
del otro, ya que uno siempre querrá mejorar su producto, su mercancía en
desmedro del otro; al final de este proceso uno de los dos perecerá y
encumbrará al otro como triunfante de esta durísima competencia. Hoy vemos que
ese mismo fenómeno sucede en el mundo, las barreras comerciales están abiertas,
la oferta es diversa y la competencia dura y egoísta. El origen de los bloques económicos
es la lucha por ser más competentes y hoy es tan normal ver el florecimiento de
estos grupos, ya que el mercado en su desarrollo se volvió más exigente y exige
mayor competitividad y la unión comercial posibilita una mejor participación.
El poder más globalizado
No sólo la globalización es la
ruptura de barreras comerciales y la apertura de nuevos mercados. Son los medios
de comunicación, el poder mediático el más perverso y globalizado. Si el libre
mercado busca la conquista de nuevos espacios y clientes, este poder ejercido
por los medios de comunicación busca en términos foucaultianos sujetar a los sujetos
ofertando y expresando su inmensa programación no sólo en un país, sino en casi
todo el mundo y si no lo es con el mismo programa, lo es con programas del
mismo formato que continuamente se van adoptando y se van reproduciendo. Lo que
hace el poder comunicacional con este tipo de presentaciones y estilos es
homogeneizar el pensamiento de la población, de establecer una línea de opinión
semejante y compartida, pero no es este el objetivo final, lo que se busca de
esta manera es dejar que los sujetos dejen de pensar y conformar una masa
sumisa enajenada de la capacidad de juicio y razón.
Hoy la gente común en el Perú no
habla de Espinar, no habla de Conga a excepción de la fiel comunidad académica
pendiente de estos temas, hoy la gente en nuestro país habla de Al fondo hay
sitio y Yo soy y los picos de 30 puntos de rating lo confirman. Hoy la gente se
acostumbró a no pensar y paradójicamente si en 1989 se derrumbó un muro, hoy
estamos limitados a las múltiples murallas que con nuestra venia se fueron
poniendo tras nuestros pasos.


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